Anosognosia o falta de conciencia de la enfermedad

La anosognosia o falta de conciencia de enfermedad se refiere a la pérdida de la capacidad para percibir adecuadamente las consecuencias producidas por el daño cerebral adquirido. Las dificultades se pueden presentar a la hora de tomar conciencia de las limitaciones físicas, cognitivas y/o conductuales. No obstante, la escasa conciencia de las alteraciones cognitivas y, especialmente de las conductuales, ofrece mayor resistencia y complejidad en su recuperación.

Déficits en la percepción de las limitaciones físicas

Aunque la mayoría de los pacientes perciben de forma ajustada a la realidad sus limitaciones físicas (“no puedo andar”), algunos de ellos pueden negar la evidencia (“yo puedo andar, pero no me dejan”). Otros, aún percibiendo las limitaciones, no son capaces de hacer una previsión ajustada de su evolución y de sus repercusiones funcionales (“ya sé que llevo mucho tiempo estancado, pero si trabajo más horas finalmente lograré moverme como antes”).

Déficits en la percepción de las limitaciones cognitivas

La disminución de las capacidades cognitivas (atención, memoria, velocidad de procesamiento, etc) no resulta tan obvia como en el caso de las limitaciones físicas, y requiere de un mayor esfuerzo para percibirla con precisión. Uno de los objetivos de la rehabilitación es el de ayudar a los pacientes a comprender y a aceptar sus limitaciones. Sin embargo, en numerosas ocasiones el proceso de toma de conciencia se alarga y se plaga de dificultades, ya sea por el tipo de lesión o por la frustración que genera la pérdida de habilidades. En consecuencia, muchos pacientes niegan o minimizan sus déficits. Es muy frecuente, por ejemplo, el caso de los pacientes que insisten en que sus problemas de memoria son previos a la lesión.

Déficits en la percepción de las limitaciones conductales

Las alteraciones emocionales y/o conductuales (irritabilidad, apatía, desinhibición, etc.) son las más difíciles de percibir puesto que, reconocer un cambio significativo en la forma de sentir e interactuar con nuestro entorno puede poner en peligro la pérdida de nuestra identidad personal. Por lo tanto, no es de extrañar que muchos pacientes se resistan a admitir que “no son los mismos”. Suelen justificar su comportamiento atribuyendo la responsabilidad de sus reacciones a agentes o situaciones externas (“si me provocas, es normal que me ponga así”). Estas deficiencias suponen además una gran sobrecarga en la familia, encontrándose en situaciones de difícil manejo.

La adecuada conciencia de enfermedad es imprescindible para que los pacientes se motiven, se impliquen y participen de forma activa en el proceso de rehabilitación. Sin una ajustada percepción de los déficits físicos, cogntivos y/o conductuales, los pacientes tienden a infravalorar o incluso a negar la necesidad de seguir un proceso de rehabilitación. De la misma forma, la inadecuada conciencia de enfermedad conlleva una importante limitación en la posterior integración socio-laboral de los pacientes.

Para conseguir ser plenamente consciente de las consecuencias del daño cerebral, no basta con conocer los déficits físicos, cognitivos y/o conductuales (“tengo importantes dificultades atencionales”), sino también es imprescindible reconocer las limitaciones que estas dificultades plantean en la vida diaria para poder actuar en consecuencia (“no soy capaz de conducir”) y planificar objetivos realistas (“no voy a poder reincorporarme a mi puesto de trabajo”).

Hay que tener en cuenta que la toma de conciencia no suele ser un proceso sencillo. La grave alteración de las capacidades cognitivas que suele conllevar el daño cerebral adquirido dificulta en muchas ocasiones la toma de conciencia. Asimismo, los mecanismos de defensa (negación) y el doloroso proceso de duelo se suman a las dificultades, requiriendo de tiempo y de supervisión profesional para su manejo. La confrontación debe ser progresiva y adecuada a las necesidades de cada paciente, resaltando el positivo efecto terapéutico de los grupos de conciencia.

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