Jaime, paciente del centro de daño cerebral de Nisa Vinalopó

Me solicitan unas líneas de reflexión referidas a la visión que un médico tiene cuando cae enfermo. Es la otra cara del espejo, pues en general el medico es el que ayuda, trata de curar a otros, y ahora es al revés, está enfermo y es él el que necesita la ayuda. El tema es, sin duda interesante y atractivo, y sin duda yo, de alguna manera puedo aportar ideas. Primero porque soy lo que antes se llamaba viejo, y ahora, eufemísticamente, persona mayor, lo que quiere decir que he tenido mucho tiempo para que me surjan agujeros, lo que así ha pasado, y algunos han sido importantes. La realidad es que como quiero seguir debo pasar muchas ITV, o si quiere revisiones y parchear o reparar las “goteras”.

Una primera consideración que quiero hacer es que los médicos somos “enfermos especiales”; convivimos con el enfermo y/o la enfermedad, situación que nos permite movernos mejor en ese ambiente. No nos sorprenden las batas blancas , los carritos, las sondas o el oír palabras “raras” como paresia, ictus o ictericia, que a otros enfermos les suenan a chino. Por otra parte convivimos con la muerte, ella no nos es extraña o si quiere nos es próxima.

Todo ello no quiere decir que los médicos son buenos enfermos. Como en botica hay de todo. Recuerdo la historia que cuenta una película: “El Doctor”, y, que si no la ha visto se la recomiendo. Cuenta que el protagonista (el actor William Hurst) es un cirujano famoso, pero nada empático al que le descubren un cáncer. Su vida cambia, también porque al recibir quimioterapia conoce a otra enferma con cáncer de la que se enamora. Su reloj de vida se pone a cero. Tiene suerte, se cura y vuelve a trabajar. Entonces es otro; Lo primero que hace es, en una reunión con su equipo, en la que todos esperan que les distribuya operaciones, les explica que no, que ese día van a ser enfermos, y a cada uno le atribuye una enfermedad. Eso les permitirá ver la otra cara del espejo, entender mejor al otro, en resumen ser más empático.

Este hecho también debe servir a los médicos para que sean más humildes. Yo a veces ante demandas o solicitudes de enfermos o familiares les digo: puede pedirme que me ocupe más por Ud., o de lo suyo, pero no puede exigirme que le cure; lo lamento, pero sólo que me implique más en conseguirlo. Yo no tengo poder para curar, sólo para intentarlo. Fíjese que los médicos también padecen las mismas enfermedades que los demás, e incluso se mueren, nos morimos de ellas. Es decir además de modestos debemos asumir nuestras limitaciones, y en esto tiene razón, hacerlo con mucha empatía. Lo cierto es que cuando caemos enfermos todo cambia, y depende mucho de la enfermedad de que se trate. En mi experiencia el que te diagnostiquen una enfermedad tumoral maligna es muy relevante, pues de alguna forma te aproxima a tu final, a la muerte, pero es infinitamente más duro que la enfermedad te condicione el día a día, que te obligue a ser dependiente, ver que necesitas ayuda permanente, para asearte, comer, vestirse, caminar. Ello cambia tu vida y la de los de tu entorno. Entonces aprendes a valorar más y mejor lo que has perdido. A dar más importancia al mundo de los valores o sentimientos, de lo humano, a valorar el cariño que te dan y a las pequeñas cosas, obvias lo material y debes plantearte como seguir. Lo inteligente es aceptar la realidad, es importante vivir el daño como una segunda oportunidad que la vida te da para re- empezar, y es magnífico si lo aceptas como un nuevo reto o desafío para crecer.

También te sirve para reconocer la importancia del ahora. El ayer ya pasó y es inútil pretender buscarlo. El mañana es incierto, no se sabe si lo vivirás. Solemos preguntar: ¿Cuántos años tienes?. Das una cifra, pero es falso. Esos ya no los tienes, los has vivido ya, los has gastado. Y respecto al futuro, les comenté y se lo repito ahora que a veces atiendo en consulta a una anciana que viene con una sobrina joven. Las cito para revisión a los seis meses, y entonces viene sóla la enferma, no la sobrina jovena f, no viene porque es ella la que ha fallecido.

Se ha dicho, y yo lo acepto que nacemos por casualidad y sin libro de instrucciones para vivir. Tenemos que aprender a hacerlo. Pero lo que importa es que todos tenemos fecha de caducidad, aunque dicen los irónicos que nos la escriben en la espalda, y como no lo vemos nos es desconocida.

Si caemos enfermos es una oportunidad para reiniciar la historia con otros valores. Si es su caso, no lo dude, reinicie y elíjalos bien. Pero debo confesar que más que ser o no médico, en este proceso influye más la persona. Somos únicos y no todos los médicos viven la enfermedad, una misma enfermedad de la misma manera. Los hay valientes, atrevidos, con voluntad de inicio… y otros timoratos, hay quien se achica en las pequeñas cosas y se crece en las grandes dificultades, igual que todos los humanos.

No hay duda que he aprendido que el médico debe implicarse más en la realidad del enfermo, aumentar su empatía, y un buen inicio sería aprender a comunicar con él. Para ello programé para los alumnos de medicina una asignatura optativa titulada “Nuevas habilidades profesionales para el médico del siglo XXI”, y por otra parte aumentar su dedicación a informarle, para lo que inicié un proyecto con la Sociedad Española de Medicina Interna titulado: “Educación en salud para la ciudadanía”.

Si quiere que le explique mi verdad, le digo que yo vivo la enfermedad con tranquilidad, asumo mis déficits pero también los califico de nuevos desafíos. Estoy lleno de proyectos, que asumo tengo más dificultades en implementar, pero a la vez escalarlos se hace más atractivo. Creía que me acechaba el aburrimiento, que me sobraría el tiempo, y no es así; pero también mi situación es particular: Valoro mucho el que tengo grandes apoyos y son infinitas las muestras de afecto o cariño que he recibido y que recibo en el día a día. En resumen no ha habido infortunio sino buena suerte.

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